Estoy triste. Paso horas sentado frente a la ventana, mirando las nubes, que son las únicas que no me desprecian. Me encantan los días lluviosos, en ellos encuentro la oportunidad que tengo para llorar hasta que me canse de hacerlo; pienso que los días en que llueve y yo somos muy parecidos, ambos estamos grises, cansados, solos, y ambos lloramos porque estamos tan tristes que nuestro único remedio es llorar. En los días soleados sigo mirando por la ventana, veo a la gente, a los niños jugando en el parque que está cerca de mi casa, a los que son novios riéndose y dándose uno que otro beso, a los ancianos cortando flores o leyendo algún libro sentados en una banca bajo la sombra, después de verlos cierro las cortinas y me veo a mi en el espejo, estoy más delgado y pálido de lo que creí, mis cabellos están desordenados y mis ojos han perdido el brillo que solían tener, no cabe duda que la tristeza es la peor bomba que puede existir en una guerra, y junto con el miedo, hacen una droga tan poderosa que ha logrado hacer de mi un muerto viviente.
Todo el día estoy mirando al teléfono, esperando a que entre una llamada de alguno de esos amigos con los que reí una vez y que ahora simplemente se han molestado sin razón, o que se han ido a donde solo las nubes saben y no me dicen. Ellos nunca me llaman, limpio constantemente el teléfono porque se llena de polvo de lo viejo y poco usado que está, casi no puedo ver los números porque las teclas están desgastadas y sucias. Entonces me siento más triste, porque ni yo mismo pude impedir que se deterioraran.
Cuando les llamaba, nunca respondían, nunca se interesaban en como me sentía.
Si el teléfono está limpio, miro a la puerta, esperando a que alguien toque. Una vez tocaron y acudí rápidamente para ver quien era, pero mi mirada cayó cuando vi que sólo había sido una broma. Una broma de niños.
Salgo a la calle, la gente me mira, porqué sé que se distraen viendo lo arrugada que está mi ropa, que es gris o negra, aquellos dos colores representan una tristeza enorme para mi. Me siento como un saco de polvo, porque cruzo las calles y veo a más gente feliz, entonces mis ojos se llenan de lágrimas y encuentro alguna tienda en donde refugiarme porque me da vergüenza que me vean llorando, me da vergüenza que vean que yo soy distinto a ellos, me da vergüenza que me juzguen por mi color, porque yo no soy ni blanco, ni negro, ni tampoco hispano, soy gris, como mi ropa, como las nubes, como todo en mi mundo, yo también soy gris, como los árboles, como los edificios, como las casas.
Como todo es gris, entonces yo también, porque mi mundo es triste, mi mundo está solo, de pronto todos en la calle desaparece, y el limpiador para el teléfono ya no sirve, las ventanas se han opacado por una nube de humo, y la puerta la he cerrado con cerrojo para que no pueda abrirla nunca más. Prefiero vivir solo ésta soledad que me acompaña, extraño a mis amigos, a mis vecinos, a mis compañeros, a mis conocidos. Estoy cansado de ser amigo de las nubes, ella no hablan, solo se mueven y se van, así como lo hicieron todos. Estoy enfermo de ver la lluvia caer, porque yo caigo con ella y luego no puedo levantarme, siento que tengo la columna rota, al igual que mi alma y mi fé, que ya ha caído junto con las lágrimas que resbalaron por mi rostro hasta caer en el suelo.
Yo sé que debo aprender a vivir así, porque nunca habrá remedio para mi tristeza, ahora he olvidado como era mi vida antes, y he olvidado la razón por la que estoy triste, la comida ya no sabe a nada, y las bebidas que antes tanto me gustaban, ahora sólo saben como a agua simple, no saben a nada.
No sé porque la gente es así, no sé porque no puedo simplemente ser su amigo, no sé porque siempre me juzgan por ser diferente, o por mi físico (porque la gense te fija en eso), o por mi forma de pensar, de reír, de soñar. No entiendo porque me miran tan raro, como si fuera una hormiga caminando en la gran ciudad, no logro entender eso, y no logro entender el mundo extraño en el que vivo, que parece más un pozo que un mundo.
Pero aún sueño, no me cansa imaginar el día en el que sea feliz, y cuando camine en la calle la gente me sonría, y que cuando vea por la ventana los del parque me saluden con la mano y yo les corresponda con un guiño o con alguna sonrisa breve, no estoy enfermo de pensar el día en el que me cuenten un chiste por teléfono y que tenga que interrumpir aquella llamada porque alguien está llamando a la puerta. No me canso, aún pienso que así será. Por ahora sólo lloro, aunque es inútil yo lloro, porque así saco todo lo que llevo dentro.
Aún sueño… Aún sueño…
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